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El duelo incomprendido

Algún día contaré con detalle cómo han sido los días posteriores al 9 de Mayo, algún día recuperaré las fuerzas y lo veré de manera que no me duela en el alma compartir esos recuerdos, sensaciones y pensamientos, pero hablando claro y conciso he perdido a mi hija. Estaba en mi 22 semana de embarazo, 22+4 para ser exactos cuando su corazón se paró y me indujeron el parto, la sostuve en mis brazos cuando aún le faltaba la mitad de crecimiento por delante. Pesaba 425 gramos, pero tenía los deditos de los pies como su padre y la nariz de mi abuela. Estaba en mi regazo 4 meses antes de lo previsto, inmóvil y en paz.

Y desde entonces estoy de duelo, no visto de negro ni he dejado de ducharme, pero lloro cada día su perdida, porque la añoro, porque la quería con toda mi alma y la querré siempre, siempre será mi hija y nunca más la tendré en brazos.

Cuando alguien cercano muere entramos en una fase de duelo que durará más o menos  dependiendo de muchos factores, entre ellos la cercanía de esa persona. Entendemos el dolor que provoca esa pérdida, estamos acostumbrados a que por ley de vida falten nuestros mayores, racionalizamos el momento. Pero cuando se trata de la pérdida de un nonato, la cosa cambia. El mundo (por lo general, sobretodo quien no te conoce) tiende a pensar que el dolor es menor, puesto que no conocemos a la persona que ha muerto, no conocemos su forma de ser, su voz o su risa y por tanto no echaremos de menos nada de eso, ya que no lo hemos conocido. Ese es el pensamiento racional de quien no conoce la pérdida. Yo no lloro porque no volveré a abrazarla o a oirla, lloro porque ni siquiera he tenido esa oportunidad, nunca conoceré su risa ni besaré sus mejillas; no le daré la mano al andar ni la veré crecer. Por eso lloro, por eso lloramos las parejas que estamos en esta situación y a menudo nadie te comprende. Es un dolor que nace de la entraña, es un fracaso, una aberración y por desgracia somos muchas las que lo hemos mirado de frente. Es un dolor que te engulle y te paraliza, el por qué te atormenta constantemente (yo sí tengo claro qué ha pasado, lo que no se es el por qué se ha llegado a esa situación) y cuando crees que has remontado te vuelve a caer encima, y da igual que estés en tu casa, en el súper o en una terraza, te aborda sin compasión y te destroza.  Es todo lo bueno del revés.

Y en estas estoy, en tratamiento psicológico y tratando de dormir por las noches sin demasiado éxito.

Tengo una gran suerte. Una pareja que está a mi lado siempre, que está siendo mi apoyo y mi vida ahora mismo, una familia entregada que nos intenta sacar del bache a empujones y unos amigos que más que amigos son familia.

Pero mi dolor es mio, y solo yo puedo deshacerme de él, le venceré, estoy segura, pero de momento forma parte de mi y viviré con él hasta que consiga vaciar toda esta pena que me nace de lo más profundo.

Soy consciente que no soy la única que está pasando por esto, muchas lo han pasado antes y lo pasarán, pero sólo las que estamos ahí sabemos lo solas que nos sentimos cuando la tristeza se agarra a nuestro pecho y nos hace sentir vacías, amargadas y terriblemente desamparadas.

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