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16 de Mayo

Voy a recordar ese día mucho tiempo. Tengo marcadas a fuego cada una de las horas importantes de ese día pese a la medicación que llevaba puesta. Recuerdo el olor del paritorio, el dolor de la vía, las manchas del techo y el reloj de manillas de la cabecera.

Ingresé a las 8 de la mañana, me acompañaron mi marido y mi madre y mi padre llegó justo cuando bajábamos al mostrador a entregar la hoja de ingreso. Tardaron una hora en entrarme y yo cada vez me encontraba peor, tenia náuseas y no dejaba de pensar que eran las ultimas horas, o quizás ni eso, los últimos minutos. Mientras esperábamos a que preparasen mi paritorio había una chica en otra sala, a la que solo le veía los pies, con las correas y gimiendo a ratitos del dolor. Si hubiese podido pedir un deseo habría sido intercambiarme por ella, pero recordé que no le deseo esto que me ha pasado a nadie. Me di cuenta de lo real que era todo, no había habido ningún error. Estábamos ahí. Al rato entró una pareja, tenían una cesárea programada. Los auxiliares hablaban entre carcajadas de la hija de una de ellas, no recuerdo bien sobre qué. Urgencias estaba a petar.

Mi sala era la numero 2. Entramos, me dieron una bata de estas abiertas por detrás y me dejaron que me desvistiera mientras a Dani le daban patucos y una bata verde. Me quité toda la ropa y los pendientes y estuvimos al menos tres cuartos más esperando, hasta que llegó la anestesista. Firmé un consentimiento para la epidural y me la puso con toda la calma. Serían las 10 menos cuarto cuando dejó la vía puesta y la primera dosis de medicación entró; se sentía fría.

Debían ser las 10 y media, o más tarde, no lo se, cuando la doctora que me había explicado el procedimiento entró junto con otro doctor y varias auxiliares y mandó traer el ecógrafo: iban a hacer la reducción fetal. Montaron un parapeto con una sábana para que no viéramos nada, yo inocente de mi pregunté a la enfermera si el ecógrafo tenía el sonido activado… obviamente no, eso sería una tortura. al estar medio paralizada de cintura para abajo no conseguía tumbarme recta, es complicado no ladearte cuando la mitad de tu cuerpo es un peso muerto. Todos estaban alrededor, excepto mi pareja que me sostenía la mano a mi lado. “Notarás un pinchazo” y sí, fue como la amniocentesis del día anterior, notas como te perforan la piel y la resistencia que ofrece el útero. “No te muevas”. Joder, yo solo quería salir corriendo. Empecé a llorar y a no poder contener el sollozo, la enfermera que tenía más cerca me dio un trozo de papel y me decía con ternura que estuviera tranquila. Creo que utilizaron dos agujas, oía como la doctora le decía al doctor “no la saques hasta que no esté yo” pero poco más hablaron, o yo no quise oírles. Todo era silencio, incomodidad y una profesionalidad exquisita. De pronto al tiempo que notaba que la doctora se retiraba dijo “ya está, gracias doctor (…)”  Eran las 10:54. El corazón de mi hija se había parado.

Empezaron a desmontarlo todo, los médicos salieron de la habitación en silencio, nos dijeron adiós de forma calmada. Supongo que ser médico en esas circunstancias debe ser una mierda bien grande. La comadrona entró al poco y me puso la primera dosis de pastillas. No se cuanto rato había pasado, tengo la noción del tiempo algo alterada debido a la medicación, pero luego vino la psicóloga a hablar con nosotros, a apoyarnos y a darnos consejo profesional. Hablamos de cómo había sido el embarazo desde el principio, el tiempo que tardamos, la visita con la unidad de fertilidad que tuve que anular y el susto del huevo huero. La alegría que teníamos y el tremendo palo que nos habíamos llevado. El momento de la muerte. Allí fue cuando la llamamos por su nombre por primera vez, la psicóloga nos lo preguntó. Dàlia. Mi hija se llamaba Dàlia. Nos aconsejó que la viéramos, que era recomendable para superar la pérdida más rápido y de una forma más segura pero que en todo caso era una decisión que debíamos tomar ambos., que uno podía verla y el otro no, que estábamos en todo el derecho.

Después de eso el día se sucedió de lo más normal, mi familia podía ir entrando por turnos y hablar con unos u otros  me distraía. Nueva bolsa de medicación, nuevo suero… yo me moría de sed y solo pude chupar una especie de palito de las orejas untado en algo que sabía a limón. Me recorrí con la mirada todo el box, las manchas del techo, el ordenador…entre medias me medio dormía y soñaba cosas muy raras, unos hombres-camello con chaquetas moradas y sombreros de copa. Cada hora entraba medicación por la vía de la espalda y cada 4 me ponían una dosis de pastillas y me vaciaban la vejiga. La primera vez que vino la comadrona a revisarme y me dijo que no había dilatado nada me di cuenta de que el día sería muy largo. A las 7:30 de la tarde me pusieron la tercera dosis, junto con una botella de gelocatil para bajar la fiebre que me estaban dando las pastillas. En esa exploración la comadrona ya pudo meter un dedo por la obertura del cuello del útero e intentó forzar la dilatación, pero no hubo manera. Me dijo que eso que acababa de hacer, sin medicación, no hubiese podido hacerlo por el dolor que provoca. Yo me moría de hambre.

A las 8 hicieron el cambio de turno, y sobre y media vino a presentarse la nueva comadrona. Vio el historial y decidió hacerme un tacto para ver si podía romper la bolsa, para acelerarlo. Se usa una especie de aguja de plástico parecida a una aguja de ganchillo. Colocó unas toallas y me hizo romper aguas.

Cuando llegó el momento mi madre estaba conmigo. Estábamos hablando de no recuerdo qué, cualquier cosa, y de repente noté que algo me salía, como cuando tienes un coágulo de regla pero mucho más grande. Tal como salió a pedir que viniera alguien, entraron al menos 4 personas entre comadrona, enfermera y una chica con mascarilla y gorro de cirujano. La cama en la que estaba se transformó en un potro, era inminente. Mi madre salió y llamó a Dani, que entró al rato y tuvo que pasar entre los instrumentos estériles sin tocar nada, se puso en el mismo sitio en el que había estado por la mañana dándome la mano, nervioso como yo. Trajeron el ecógrafo, la chica de la mascarilla se sentó enfrente mio con el foco a la espalda y me dijo que empujase. Salió con uno solo, junto con un chorro de líquido amniótico y sangre. Oí como pedía una pinza de cordón, y cómo lo cortaba. Es algo bastante duro. Vi que la comadrona se llevaba una sábana. La placenta salió inmediatamente después, pude ver como la chica tiraba de ella y por suerte salió prácticamente entera, me hizo u raspado por seguridad pero apenas salió material. A las 9:45 di a luz un feto sin vida.

¿Queréis verla?

Si.

Sentí que se lo debía, tenia que hablarle por mucho que ella no pudiera escuchar. Nos trajeron a nuestra pequeña hija envuelta en una media sábana blanca, cubierta, y nos dejaron solos. Le habían hecho un gorrito con un trozo de tubo elástico que le cubría hasta la nariz. Había pesado 425 gramos, me cabía en la mano pero era perfectísima. Sus manitas eran grandes, tenían las uñas y se le marcaba alguna vena puesto que su piel apenas era una fina capa aún sin formar del todo. El cordón umbilical era blanco, después de todo el día la placenta ya no había mandado más sangre, igual que la planta de sus pies: debió estar boca abajo mucho tiempo. Cogí su manita con un dedo, acaricié su pecho. Tenía los dedos de los pies como su padre, y parecían enormes debido a la desproporción. Como sus piernas y sus brazos largos y llenos de venitas. Le di la vuelta, y su lesión nos saltó a los morros. Era literalmente un hueco que ocupaba la mitad baja de su espalda. Se veía como la columna bajaba recta y se partía en dos, dejando un hueco blando en medio. Su cabecita era un limón. Descubrimos su rostro y vimos que al romper la bolsa habían hecho un corte en su frente, y que tenía la nariz como mi hermano y mi abuela y el labio superior de mi abuelo. Quise ver si tenía pelo, pero aún era pronto supongo. Sus orejas eran pequeñitas y perfectas, con el lóbulo partido. Lo tenía todo, todo, la lengua, las encías, los labios, sus pezones, los genitales bien formados, un culito pequeñísimo… La toqué toda, entera, palpé sus rodillas, sus muslos, quería empaparme de aquella sensación de paz que me transmitía en ese momento. No estaba formada del todo, le quedaba la mitad de gestación aún pero era mi hija, y tenía que despedirme de ella. La besé, la abracé contra mi pecho y le rogué que me perdonase, que la quería muchísimo y que de haber podido nacer me habría asegurado de que fuera una niña feliz toda su vida.

En el momento que la sostuve, que abrí la sábana y la miré, me sentí preparada como nunca para ser madre. Lamento profundamente que la vida me haya, nos haya puesto en esta situación. Me sentí preparada y sentí rabia por no poder irme a casa con mi bebé, como todas las mujeres que habían entrado allí ese día y que, mientras yo esperaba para expulsar a mi pequeña sin vida, oí como ellas la daban. Al menos tres niños oí llorar por primera vez, y ninguno era la mía.

Cuando se la llevaron me trajeron varios papeles para firmar, para autorizar la autopsia, la recogida de muestras y para que el hospital se hiciera cargo de los restos.

Después de todo esto me bebí el primer vaso de agua del día y me dio una tremenda bajada de tensión, hasta el punto que el aparato parecía no funcionar. Tuvieron que cogerme otra vía en el brazo porque la de la mano no daba para mas y el suero no entraba, y una vez estabilizada me trasladaron a otra habitación para que me recuperase y pudiéramos irnos. Salimos del hospital, andando, a las 9:30 del día siguiente al ingreso, y la vuelta a casa fue lo menos duro de ese día porque recordar todo lo que nos había pasado el día anterior sin anestesia ni sedación fue lo peor de lejos. Como darme cuenta que si no había movimiento en mi barriga era porque estaba vacía.

No he dejado de llorar desde entonces. A veces me siento vacía, otras no me lo creo y pienso que estos cinco meses han sido como un sueño, algo que no me ha pasado a mi. Pero ver las estrías y los calostros que aún me salen hace que me sienta mal, fracasada. Al fin y al cabo tengo a mi niña en un nicho común en el cementerio de Montjuic. Se que no soy la única pero es mi hija, es mi pena y nadie debería enterrar a sus hijos.

Solo quiero que la herida sane y volver a intentarlo, porque haber tenido que desprendernos de ella así ha sido abrirle las puertas de nuestra casa y nuestro corazón a los que tendremos ahora, que de otra forma no habrían podido venir. Creo que no todo está perdido, que de alguna forma ella estará con nosotros y se cerrará este trágico capítulo de nuestras vidas. Solo es cuestión de tiempo.

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